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12. févr., 2019

Domingo 10 de febrero del 2019


Decimosexta corrida de la temporada de la Plaza de toros México

Sergio Flores se lleva la Oreja de Oro

Gastón Ramírez Cuevas

Foto : S. Hidalgo

Toros: cuatro de Arturo Gilio, primero, segundo, quinto y un séptimo, regalado por
Arturo Saldívar. Correctos de presentación y de juego variado. El que abrió plaza fue
devuelto aunque acabó siendo estoqueado en el ruedo, el segundo fue pitado y al
quinto se le dio arrastre lento.

Cuatro de Cieneguilla, primero bis, tercero, cuarto y sexto. Desiguales en cuanto a
presencia y comportamiento. El primero bis fue levemente pitado y el cuarto fue
aplaudido por despecho ya que por poco se le va vivo a Saldívar.
Uno de San Mateo, el octavo, regalado por Michelito Lagravère. Mereció el arrastre
lento por su calidad.

Toreros: Arturo Saldívar, al primero de la tarde, el de la confirmación de Michelito, lo
tuvo que matar él, porque después de devuelto el toro, éste se rehusó a volver a los
corrales. Así las cosas, le pegó un casi entera contraria y dos golpes de verduguillo.
Al segundo de la tarde lo mató de una entera un tanto trasera y un poco caída: oreja.
Al cuarto le atizó un pinchazo, casi media estocada y docenas de golpes de corta:
bronca tras dos avisos. Al de regalo le pasaportó de cuatro pinchazos y dos
descabellos: pitos tras aviso.

Sergio Flores, al tercero de la tarde lo despachó de estocada entera y contraria: al
tercio. Al quinto lo pinchó en lo alto y luego cobró una entera que tardó en tumbar al
toro: oreja tras aviso.
Michel Lagravère hijo “Michelito”, confirmó la alternativa. Al primero bis le asestó tres
pinchazos y siete descabellos: leves pitos tras aviso. Al sexto le endilgó un pinchazo,
una entera y tres descabellos: leves palmas. Al de regalo, el octavo, lo despenó de dos
pinchazos, un metisaca y una entera trasera: pitos.

Entrada: unas cinco mil personas.

Incidencias: después del paseíllo se le rindió homenaje a Mariano Ramos y se develó
un busto del torero charro. Al concluir el kilométrico festejo, el trofeo en disputa, la
Oreja de Oro, fue concedido a Sergio Flores por la unánime voluntad del público.

Hace ya muchas décadas, las corridas filantrópicas eran un acontecimiento de suma
importancia en la temporada. La Oreja de Oro y/o el Estoque de Oro reunían en un

solo cartel a todos los toreros importantes, del país o importados, que habían actuado

ese año taurino en la gran plaza.
Hoy, los diestros extranjeros se ríen de la asociación mexicana que agrupa a los
novilleros, los rejoneadores y los matadores de toros, y se niegan a participar
gratuitamente en espectáculos cuyas ganancias contribuyen a pagar los seguros
médicos de los profesionales antes mencionados.
Antaño, aquel forastero que no toreara -en La México o en otro coso importante- a
beneficio de equis causa, corría el riesgo de no volver a ser contratado en tierras
aztecas, cosa imposible de llevar a cabo en la actualidad. De acuerdo con lo anterior, el
cartel de hoy era enteramente nacional, con el único atractivo real de la presencia de
Sergio Flores.
Salió el primero de la tarde, un jabonero sucio que le correspondía al confirmante
Michelito. Desgraciadamente, el pupilo de Arturo Gilio fue arrollado por el caballo del
picador, se estropeó la mano derecha y acabó siendo estoqueado por el primer espada
casi 50 minutos después de que el juez hubo ordenado que se le regresara a los
corrales.
Con el primero bis, un toro feo y muy débil, el mayor de los chicos Lagravère anduvo
desconfiado y sin parar los pies. La cosa no mejoraría en el sexto, un cuadrúpedo soso
y sin fuerzas, durante cuya lidia Michelito decidió no arrimarse.
El coleta nacido en Yucatán regaló un octavo astado, mismo que fue el mejor de toda la
función. Con ese toro de San Mateo, Michelito logró alguna chicuelina estimable en el
quite y un ramillete de derechazos en el último tercio, pero el trasteo estuvo plagado
de dudas. Pese a un revolcón sin consecuencias, la gente le reprochó al otrora genio
infantil de la tauromaquia que no estuviese a la altura del bicho. Como se dice en estos
casos:¡otra vez será!
Arturo Saldívar, el primer espada, tuvo sus mejores momentos en el segundo de la
tarde, un morlaco que salió alegre y con recorrido pero que luego manseó
descaradamente. El torero de Aguascalientes lo toreó muy templado al natural
mientras se pudo, mató con eficacia y cortó una de esas orejas que no molestan a
nadie pero tampoco vuelven loco al cónclave.
En el segundo de su lote, un ungulado sin clase alguna pero que por lo menos se
sostenía en pie, Arturo anduvo voluntarioso antes de perder estrepitosamente los
papeles al hora de matar, llegando inclusive a ser feamente cogido mientras usaba el
estoque de cruceta. Saldívar regaló un rumiante quedado y reservón que no tenía un
pase, con el que también pasó fatigas a la hora buena.
Lo mejor de las cuatro horas largas de corrida de toros fue lo hecho por Sergio Flores.
En el tercero, un toro gordo y débil pero que se dejó torear por instantes, el torero de
Apizaco pegó unas verónicas por el pitón izquierdo de cartel. Con la muleta lució en

los muletazos por alto, los naturales y los de pecho. Mató a la primera pero el toro
tardó en caer y todo quedó en una ovación en el tercio.
El quinto fue un burel que se dejó meter mano sin ser excepcional en ningún aspecto.
Pero a Sergio, quien anda que no cree en nadie, le basta con que su enemigo no
claudique y medio embista para armar un lío.
El tlaxcalteca estuvo sensacional con el capote y la muleta. Ahí quedaron una media
verónica imperial, los pases por la espalda, los largos derechazos, un formidable
cambio de manos, una dosantina en los medios y los naturales ceñidos y elegantes.
Pese a que Sergio pinchó y a que después el toro se tragó la muerte largo rato, la gente
pidió la oreja con mucha fuerza y eso bastó para que el juez la concediera.
Así terminó la temporada, con Sergio Flores paseando feliz la Oreja de Oro y con el
aficionado cabal comentando que los festejos de ocho toros constituyen un castigo
cruel e inhumano.

8. févr., 2019

Dimanche, à la Mexico, Michelito Lagravère ( torero franco- mexicain), fils de Michel Lagravère (torero gersois), confirmera son alternative avec un cartel intéressant Arturo Saldivar et Sergio Flores ( ami de MAyT )

7. févr., 2019

Martes 5 de febrero del 2019

 

Decimoquinta corrida de la temporada de la Plaza de toros México

 

La suspensión de la incredulidad

 

Gastón Ramírez Cuevas

Foto Al Toro Mexico 

 

Toros: ocho de Los Encinos, muy bien presentados y bravos en conjunto. Al segundo y al séptimo les dieron arrastre lento y varios más fueron aplaudidos en el arrastre. El ganadero don Eduardo Martínez Urquidi tuvo la cultura y el buen gusto necesarios para bautizar a todos sus toros con el nombre de escritores famosos que han sido grandes aficionados.

 

Toreros: Pablo Hermoso de Mendoza, al que abrió plaza lo pasaportó mediante un rejón de muerte muy trasero, contrario y perpendicular, y cinco golpes de descabello: división de opiniones. Al quinto le asestó un rejonazo a medio lomo: oreja.

 

Enrique Ponce, a su primero lo despachó de tres cuartos en buen sitio: dos orejas.

Al sexto lo pinchó en dos ocasiones y luego cobró una entera muy baja: vuelta al ruedo.

 

Sergio Flores, al tercero le pegó un estoconazo: oreja. Al séptimo le pinchó una vez y luego le metió una buena estocada entera: oreja.

 

Luis David Adame, al cuarto le propinó una excelente estocada a toma y daca: dos orejas. Al octavo se lo quitó de enfrente con dos pinchazos y una entera: silencio.

 

Entrada: unos veintitrés mil espectadores.

 

La segunda corrida para festejar el aniversario número 73 de la plaza México fue un éxito en todos aspectos, ya que hubo toros y toreros, una conjunción difícil de lograr aquí y en China. El recuento final nos indica que se cortaron siete orejas, de las cuales tres fueron premios muy exagerados, pero eso fue lo de menos.

 

Pablo Hermoso nos dio una tarde espléndida toreando a caballo como en sus mejores tiempos. En el primero de la función, de nombre “Alberti”,  un toro con casta, fuelle y nobleza, Pablo estuvo elegante, templado y certero con todo menos con la hoja de peral y el descabello. Las banderillas al quiebro por ambos pitones dejaron bien claro que el caballista nacido en Estella es un fuera de serie.

 

Mejor fue su labor en el cuarto, pues ese toro era codicioso, taimado y tenía mucho peligro. Ahí Pablo Hermoso aguantó en serio, echándole poder al asunto y desengañando al bicho a base de arrimarse y templar, algo que yo nunca había visto hacer a ningún discípulo de Marialva. Hay que apuntar que “Alameda” le hubiera destripado cinco o seis caballos a casi cualquier otro rejoneador.

 

La hoja de peral entró a medio lomo pero fue mortal de necesidad, así que el pueblo bueno y nada sabio hizo que se le concediera una oreja al grandioso rejoneador navarro.

 

En mi opinión, la mejor sorpresa fue la que nos deparaba la actuación de Enrique Ponce, quien toreó muy de verdad a sus dos enemigos.

 

En el segundo de la tarde, un cornúpeta llamado “García Márquez”, que tuvo trapío y se fue para arriba en el último tercio, Ponce quitó por mandiles y media verónica y luego, ya con la muleta, instrumentó una faena que tuvo momentos colosales, como los cambios de mano por delante. No faltaron los muletazos largos y ajustados, rematados hacia adentro, algo que no le habíamos visto hacer en siglos, ni los redondos rodilla en tierra, ni los pases de pecho templados y profundos. Ponce mató con eficacia y corto dos orejas un bastante generosas, pues con un trofeo hubiera sido mas que suficiente.

 

Lo realmente grande vino en el sexto, un toro reparado de la vista que respondía al nombre de “García Lorca”, y que a veces arreaba, a veces no, en algunas ocasiones humillaba con nobleza, en otras procuraba huir, a veces se frenaba y a veces se arrancaba como un tren.

 

El de Los Encinos amusgaba, acción que, según Luis Nieto Manjón, consiste en echar hacia atrás las orejas en ademán de querer embestir, y que indica que el toro se ha fijado en el bulto y está preparado para la acometida. Ponce, que es un lidiador sabio y valiente, aunque ya no tenga muchas ocasiones de demostrarlo debido al ganado que acostumbra enfrentar, se enteró del defecto del toro de inmediato y procedió a solucionarlo de manera fantástica con la muleta.

 

A base de colmillo y entrega, don Enrique se hizo del burel. Las tandas de naturales y derechazos fueron largas, templadas y serias. Y los adornos, como un cambio de manos imperial, pusieron al respetable de pie. Fue prodigioso ver cómo Ponce encontró la distancia exacta y cargó la suerte por momentos para que el toro repitiera.

La gente se desmelenó y no paró de aplaudir una demostración de poder y clase realmente inusitada.

 

Como le ha ocurrido un millón de veces en su larga carrera, Ponce falló con la tizona y se le escabulleron las dos orejas. Finalmente, eso tuvo poca importancia pues la vuelta al ruedo fue de figura del toreo.

 

Por su parte, Sergio Flores también estuvo enorme. Su primer enemigo se llamó “Ortega y Gasset”, y tuvo las complicaciones y el peligro que son inherentes a la casta. Con el capotillo, Sergio quitó por tafalleras, caleserinas y media larga cordobesa.

Luego vinieron dos grandes pares de banderillas a cargo de Gustavo Campos, quien se desmonteró.

 

El torero tlaxcalteca pudo meter al toro a la canasta porque siempre salió adelante después de cada muletazo y no dejó de ganarle el paso y de citar firme y adelante.

Los derechazos fueron un compendio de aguante, temple y decisión.

 

En las manoletinas finales, dándole todas las ventajas al pupilo de Martínez Urquidi, Sergio se aplicó ungüento de toro. Después se perfiló, se tiró en corto y por derecho, y el estoconazo hasta se oyó. La oreja fue cortada a ley.

 

“Wolff”, el séptimo de la tarde, resulto soso y reservón, pero ahí estaba el torero de Apizaco, quien estuvo colosal con la sarga. Arrimándose y cargando la suerte con clase, Sergio hizo que el toro se entregara, repitiera y le diera embestidas completas. Los pases por ambos perfiles fueron asombrosos, al igual que los trincherazos, las dosantinas, los pases por la espalda, un desdén y los de pecho. El pinchazo que precedió a una entera de muy buena factura,  sobrevino porque el toro perdió una mano a la hora del embroque, y todo quedó en el corte de una oreja.

 

La labor de Luis David Adame fue desigual en todo momento, se ve que esta plaza continúa imponiéndole bastante. El cuarto, “Vargas Llosa”, fue un animal rebrincado y de mal estilo, y además desarrolló malas ideas.

 

Luis David anduvo eléctrico y le faltó poder. No obstante, nos regaló una arrucina, derechazos sin solución de continuidad al estilo Manzanares, y algunas dosantinas.

A la hora de las joselillinas finales, el coleta hidrocálido se atravesó un barbaridad y resultó feamente cogido. Gracias a Dios no se llevó un tabaco serio, sino un cornada cerrada en el muslo izquierdo.

 

Maltrecho pero decidido y valiente, Luis David le pegó más joselillinas, y a la hora de la verdad  se volcó sobre el morrillo de manera heroica, lo cual le permito pasear un par de apéndices, de los cuales uno salía sobrando.

 

En el último de la función, que se llamó “Savater”, Luis David no consiguió lucir nunca, pese a que el toro era bastante potable. Quizá la paliza recibida en su toro anterior le impidió pensar las cosas con claridad. Lo más memorable de este capítulo fue el glorioso par de banderillas (el tercero) que corrió a cargo de Fernando García, quien fue ovacionado en el tercio.

 

El aficionado sabe que es muy complicado estar enamorado de algo (en este caso la Fiesta) que casi siempre va a decepcionarlo. Por eso, al salir toreando de la corrida, algunos cabales no sabían si lo acontecido había sido un espejismo maravilloso o una contundente realidad.  

 

5. févr., 2019

Lunes 4 de febrero del 2019

 

Decimocuarta corrida de la temporada de la Plaza de toros México

 

Triunfo indiscutible de Joselito Adame, quien cortó tres orejas

 

Gastón Ramírez Cuevas

 

 

Toros: dos de El Vergel para rejones, uno bien presentado y otro no, uno con ganas de embestir y otro muy manso. Al primero le aplaudieron en el arrastre y al cuarto le pitaron.

 

Seis de Montecristo: bien presentados en general y de juego desigual. Salvo el tercero de la función, que fue bravo, noble y tuvo fuelle, los demás escasamente se sostenían en pie.

 

Toreros: Diego Ventura, quien mató fatal sus dos ejemplares. Palmas en el que abrió plaza y división de opiniones en el cuarto.

 

Joselito Adame, al segundo de la tarde le pegó una estocada fulminante: dos orejas y palmas al toro. Al quinto lo despachó de un bajonazo: oreja.

 

Ernesto Javier Tapia “Calita”, al tercero le atizó una entera traserilla y desprendida, más cinco golpes de corta: al tercio tras aviso. Al séptimo lo pasaportó mediante un pinchazo y una entera caída: leves palmas.

 

Andrés Roca Rey, al cuarto lo pinchó en una ocasión y luego le asestó una entera que hizo rodar al toro patas arriba en segundos: oreja. Al que cerró plaza le mató de entera defectuosa y un golpe de verduguillo: silencio.

 

Entrada: unas veintiocho mil personas.

 

 

La primera de las dos corridas del septuagésimo tercer aniversario de la plaza más grande del mundo fue triunfal para Joselito Adame y frustrante para sus alternantes. Las cosas se dieron de la manera siguiente:

 

Para empezar, Diego Ventura no rejoneó a los toros de Montecristo como estaba anunciado en el cartel, sino que se sacó de la manga un par de bovinos de El Vergel. El que abrió plaza no estaba mal presentado para la parte “light” del festejo y además embestía con entusiasmo, calma e inocencia. Ventura le hizo monerías pero lo mató de manera vergonzosa y todo quedó en una ligera ovación.

 

Al quinto, un bicho anovillado y feo que huía hasta de su sombra, Ventura se lo escabechó de manera infamante, pues falló tanto con la hoja de peral como con la espada de cruceta.

 

En la parte seria del festejo, el mejor librado fue Joselito Adame, quien acabó saliendo a hombros después de cortar tres orejas.

 

Al primero de su lote, un cornúpeta muy débil pero de buen estilo, Adame lo toreó superiormente con la muleta. Especialmente buenos fueron los templadísimos naturales, en los que Joselito demostró que tiene un sitio y un oficio envidiables. A base de no dudar nunca y de ganarle siempre pasos al toro, el coleta de Aguascalientes se inventó una faena completísima y sorprendente, pues el de Montecristo no valía un pepino.

 

El colofón de la faena fueron unas manoletinas colosales, un pase de la firma con la zurda que valió el boleto, y una estocada impresionante, misma que le valió cortar no una sino dos orejas.

 

En el quinto, Joselito repitió la dosis ante un toro de bonita lámina pero aún más débil que sus hermanos. Vimos un vistoso quite por zapopinas, y ya con la muleta una faena en la que a base de conocimiento y voluntad, el mayor de los hermanos Adame se metió al público a la bolsa. Pisándole los terrenos al toro, aguantando y consintiendo, Joselito logró muy buenos pases por ambos perfiles.

 

El bajonazo final no obstó para que el enfervorecido cónclave pidiera la oreja con gran fuerza. Y mientras José Guadalupe Adame Montoya paseaba su tercer trofeo por el redondel, el respetable sabía quién había resultado vencedor en esta primera kilométrica corrida de aniversario.

 

Calita” el segundo espada de a pie en el cartel, no pudo triunfar nuevamente en la gran plaza. Y mire usted que le tocó en suerte el mejor toro no sólo de esta tarde, sino de otras muchas. El tercer ungulado del festejo era feo, basto y sin cuello, pero embestía con una gran clase y tenía alegría y recorrido.

 

Las tandas iniciales de derechazos fueron muy jaleadas por el tendido, pues Javier Tapia le puso clase y temple al asunto, ligando los muletazos con gran sabor. Desgraciadamente, dio la impresión de que el toro le estaba quedando grande a “El Calita” quien hasta resultó cogido sin consecuencias por adelantar la suerte y dejar mucha luz en un pase de pecho.

 

Finalmente, lo que decepcionó a la gente fue que el joven mexiquense no quiso, no pudo o no supo torear al natural, y era obvio que el de Montecristo pasaba igual de bien por el pitón izquierdo que por el otro. No obstante, de haber logrado tumbar al toro a la primera, por lo menos hubiera cortado una oreja.

 

La oportunidad se desvaneció y ésta no volvería con el séptimo, un bicho que escasamente daba dos pasos sin caerse.

 

La porfía y el buen toreo por la derecha se volvieron a hacer presentes, pero el trasteo muleteril no levantó el vuelo jamás.

 

¿Y que pasó con el ídolo del Perú? Pues Roca Rey volvió a demostrar que está que no cree en nadie, pero necesita toros con fuerza y bravura para lucir al máximo. En el cuarto de la función, Andrés se arrimó como un león y alcanzó a lucir mucho a base de aguante y temple, pese a que el morito no tenía las más mínimas ganas de embestir.

 

Hubo naturales y derechazos impecables, en los que Roca Rey cargó todo el peso del cuerpo en la pierna que torea, algo que ya se ve muy de vez en vez. Las joselillinas finales fueron asombrosas y de un ajuste tremendo. Andrés pinchó al primer intento, cosa rarísima en él, y luego hizo rodar al toro como la proverbial pelota con una estocada brillante.

 

Todo quedaría en una oreja bien cortada a ese primero de su lote, pues el que cerró plaza fue el proverbial sofá de mal estilo, y ahí ni “El Tato”.

 

En resumen, hubo un toro exigente que no fue aprovechado cabalmente por “Calita”, y dos toreros, Adame y Roca Rey, que demostraron que, a veces, se puede triunfar sin que haya toros bravos en la plaza, algo totalmente absurdo pero muy común en estos tiempos que corren.

29. janv., 2019

Domingo 27 de enero del 2019

 

Decimotercera corrida de la temporada de la Plaza de toros México

 

Ferrera vuelve a triunfar en grande: dos orejas del cuarto

 

Gastón Ramírez Cuevas

Foto : Prensa plaza La Mexico 

 

Toros: seis de Villa Carmela, desiguales en presentación y juego. El cuarto fue ovacionado en el arrastre. El quinto se inutilizó en el segundo tercio y fue apuntillado en el ruedo. El sexto fue bravo y noble. Uno de Xajay, el séptimo, regalado por Arturo Saldívar en sustitución del segundo de su lote. Este animal no tuvo fuerza ni clase ni bravura.

 

Toreros: Antonio Ferrera, a su primero lo mató de tres pinchazos y dos golpes de descabello: al tercio tras aviso. Al cuarto lo despachó de buena entera: dos orejas tras aviso.

 

Arturo Saldívar, al segundo lo pasaportó mediante un pinchazo que bastó: silencio.

Debido a que su segundo fue descordado con el primer par de banderillas, regaló un séptimo al que le atizó dos pinchazos y un bajonazo artero: silencio.

 

Diego Silveti: al tercero se lo quitó de enfrente con dos pinchazos y media estocada: silencio. Al sexto, mismo que le propinó una cornada en la pantorrilla izquierda, le asestó un pinchazo y una entera aguantando: división de opiniones tras aviso.

 

Entrada: unas siete mil personas.

 

Tal y como lo demostró en la quinta corrida del serial, Antonio Ferrera está llamado a ser el nuevo ídolo español de la afición mexicana. ¿Por qué? Porque el toro mexicano que sale habitualmente por los toriles de las grandes plazas le permite lucir una barbaridad. Es sorprendente constatar que el coleta extremeño entiende a la perfección las nobles embestidas de los cornúpetas nacionales, y donde otros coletas sólo ven dificultades y recurren al toreo de lejanías, él se complace haciéndole fiestas al toro y se entretiene en cortar las orejas de dos en dos.

 

El primero de la tarde fue un toro débil pero muy noble, algo manso y débil. Ferrera lució con el capote, especialmente en un par de verónicas, una media belmontina y un quite (realmente sacando al toro del caballo) por orticinas.

 

Ya con la muleta, Antonio anduvo elegante, valiente y templado. Los naturales y los derechazos sin el ayudado resultaron excelentes. Pese a que al toro le costaba mucho repetir, el coleta español emocionó al cónclave completando todos los muletazos y adornándose con molinetes y trincherazos. Desgraciadamente el toro se le pasó de faena y todo quedó en una salida al tercio.

 

Lo mejor de la tarde vendría en el cuarto, un toro que acabó entregándose y embistiendo con alegría. Ferrera recibió al toro con un lance barroco al estilo del gran Pana, haciendo florituras con el percal. Después de una gran vara aguantando y deteniendo, que le valió salir al tercio al picador Alfredo Ruiz, vino la faena grande.

 

A base de quietud y mando, Ferrera se hizo del toro. Hubo derechazos larguísimos con el compás abierto; dos asombrosos pases de pecho sin enmendar; naturales de frente llevando al toro cosido al engaño, y adornos pintureros, reminiscentes del toreo pepeluisista, que pusieron al público de pie. Es una maravilla poder ver a un diestro que torea con tanto gusto, oficio, sitio y sabor.

 

A la hora buena, Ferrera se tiró a matar con fe y cobró una entera en buen sitio, y todavía le pegó un ramillete de naturales estupendos al toro con el estoque adentro. El de Villa Carmela sacó la casta y se tragó la muerte durante un par de minutos, siendo ovacionado. El juez remoloneó pero acabó acatando la petición unánime y concediéndole a Ferrera dos merecidos trofeos. Para más inri, la autoridad pareció no percatarse de la calidad del toro y ni arrastre lento le dio.

 

Vayamos ahora a lo hecho por Arturo Saldívar. En el segundo de la tarde, un animal feo, chico y débil que se llamó “Animoso” pero que no demostró entusiasmo alguno, el coleta hidrocálido lució en el quite por saltilleras y gaoneras, y en un par de tandas de muletazos con la zocata. Eso fue todo. Es imposible lucir cuando al toro le faltan fuerzas, clase y bravura.

 

En el quinto Saldívar volvió a lucir en el quite, esta vez regalándonos chicuelinas antiguas y tafalleras. Luego vino el desagradable accidente en banderillas, donde descordaron al toro y hubo que apuntillarlo en el redondel. La mala suerte de Arturo persistió en el de regalo, un toro que no sirvió para nada por su falta absoluta de casta. Como decimos siempre: ¡otra vez será!

 

Diego Silveti se enfrentó primero a un cuadrúpedo con muchos pitones pero nada de trapío. Pese a la firmeza y la voluntad del nieto de Juanito Silveti “El Tigrillo”, el incierto morlaco no paró de tirar derrotes y todo quedó en destellos de buen toreo con la muleta.

 

Otro gallo le cantaría al hijo del Rey David en el sexto. Ese toro resultó ser el más bravo y noble del encierro, pero Diego no le encontró la cuadratura al círculo. Vimos un buen quite por gaoneras y algunos muletazos sueltos de buen trazo, pero el torero guanajuatense no pudo completar ni los naturales ni los derechazos, ya que sólo le daba dos tiempos a cada pase y llevaba la muñeca más tiesa que un bacalao navideño.

 

Así las cosas, Silveti recurrió al arrimón deseperado y resultó feamente cogido en una joselillina. La paliza fue tremenda y el toro lo caló en la pantorrilla izquierda, algo que a todos nos pasó inadvertido. Diego, que tiene un valor innegable, se sobrepuso al percance y logró los mejores momentos del trasteo pegado a tablas, pero ya era demasiado tarde. Al doblar el toro, unos le aplaudieron a Silveti, otros le pitaron y todos ovacionaron al astado.

 

En conclusión y si no ocurre nada realmente portentoso en las dos corridas del aniversario de la gran plaza, Antonio Ferrera es el triunfador indiscutible de la temporada. Ahí quedan para los anales dos faenas soberbias de un torero en plena madurez que tiene la onza de oro y la cambia con enorme entusiasmo cada tarde.