10. mai, 2019

Novena corrida del abono de La Maestranza de Sevilla, par GRC

Martes 7 de mayo del 2019

 

Novena corrida del abono de La Maestranza de Sevilla

 

Un toro bravo, uno

 

Gastón Ramírez Cuevas

 

Foto : Joaquin Arjona (Torero  Alvaro Lorenzo )

 

Toros: seis de El Pilar/ Moisés Fraile. El cuarto fue bravo, los demás mostraron debilidad, sosería y mansedumbre en diversos grados.

 

Toreros: Pepe Moral, a su primero lo mató de un pinchazo y casi entera baja: silencio para el torero y pitos al toro. A su segundo enemigo lo despachó de entera trasera perdiendo el engaño: silencio.

 

Álvaro Lorenzo, al segundo de la función le receto un pinchazo y una entera de efectos fulminantes: vuelta al ruedo. Al quinto le atizó una estocada entera, trasera y contraria: al tercio tras aviso.

 

Ginés Marín: al tercero de la tarde lo pasaportó de entera trasera: silencio. Al que cerró plaza se lo quitó de enfrente con un pinchazo y una buena entera: silencio.

 

Entrada: casi media plaza.

 

 

Hace no muchos años, cuando no había ni figuritas ni figurones en el cartel se esperaba que los toros salieran bravos y que fueran fieros, pero está visto que eso, como tantas otras cosas, ha pasado a la historia. De ese modo, ayer cinco de los toros no embistieron y más bien se dedicaron a desesperar al respetable.

 

El primero fue un bicho grande y débil al que picaron con las ya tan habituales impericia y alevosía. Pepe Moral anduvo voluntarioso, pero el de negro manseó de lo lindo y perdía las manos a la menor provocación.

 

El corrido en segundo lugar fue soso y débil, es decir, totalmente normal para ésta y todas las plazas del mundo. No obstante, Álvaro Lorenzo, el joven coleta toledano, lo muleteó con temple, elegancia, entrega y oficio Me quedo con los naturales, los forzados de pecho y la espectacular estocada, que fueron lo más torero de la tarde.

 

El tercero fue más de lo mismo, un burel descastado, desabrido y más parecido en comportamiento a un buey de carreta que a un toro de lidia. Para colmo, los varilargueros lo picaron peor que de costumbre, algo realmente difícil. Ginés Marín hizo lo que pudo, mas el cuadrúpedo no se enteró de nada.

 

Salió el cuarto, de nombre “Mirador” y aquello fue otra cosa. El cornúpeta embistió con codicia y alegría desde el primer momento. Pepe Moral se fajó con él en los lances a la verónica siendo aplaudido por su decisión. El toro fue de largo al caballo en las dos varas, lo castigaron correctamente y el júbilo en los tendidos fue algo digno de verse.

 

¿Habría faena grande? ¿Pondría el espada andaluz la plaza boca arriba? ¿Duraría el toro más de dos tandas? Tales eran la preguntas que se oían por todo el coso. Pero, como suele ocurrir con alarmante frecuencia cuando sale un toro que se quiere comer la muleta, el torero en turno estuvo por debajo del excelente bovino.

 

Pepe Moral no se decidió nunca y la faena fue una triste demostración de falta de actitud. El toro de El Pilar pedía que lo aguantaran, un engaño poderoso, que le completaran los muletazos y que no le perdieran pasos, cosas que a Moral ni le pasaron por la cabeza. El diestro andaluz no se confió jamás y así el toro ganó la desigual batalla por nocaut, siendo fuertemente ovacionado en el arrastre.

 

El segundo del lote de Álvaro Lorenzo fue un zambombo que se dejó torear un poco al final de la faena de muleta, con el torero pisando terrenos comprometidos y tratando de sacar agua de las piedras. Hubo buenos momentos y manoletinas ajustadas, pero la emoción real no apareció por sitio alguno.

 

El sexto no le permitió a Ginés Marín mayores florituras, pese a que hacía como que embestía, y únicamente vimos pases sueltos de algún valor.

 

El público tenía prisa por irse a las casetas de feria y aprovechó que la plaza estaba medio vacía para retirarse con celeridad. Entre los pocos parroquianos que permanecieron firmes en su puesto hasta que los tres toreros abandonaron la plaza más guapa del universo conocido, pude ver al santo Job, a san Aficionado mártir y a la criatura literaria de “Don Modesto”, el célebre Pepe Moros, quien no dejaba de repetirle a sus sufridos y bíblicos compadres aquello de que cuando hay toros no hay toreros y cuando hay toreros no hay toros.