7. févr., 2019

Decimoquinta corrida de la temporada de la Plaza de toros México, Par GRC

Martes 5 de febrero del 2019

 

Decimoquinta corrida de la temporada de la Plaza de toros México

 

La suspensión de la incredulidad

 

Gastón Ramírez Cuevas

Foto Al Toro Mexico 

 

Toros: ocho de Los Encinos, muy bien presentados y bravos en conjunto. Al segundo y al séptimo les dieron arrastre lento y varios más fueron aplaudidos en el arrastre. El ganadero don Eduardo Martínez Urquidi tuvo la cultura y el buen gusto necesarios para bautizar a todos sus toros con el nombre de escritores famosos que han sido grandes aficionados.

 

Toreros: Pablo Hermoso de Mendoza, al que abrió plaza lo pasaportó mediante un rejón de muerte muy trasero, contrario y perpendicular, y cinco golpes de descabello: división de opiniones. Al quinto le asestó un rejonazo a medio lomo: oreja.

 

Enrique Ponce, a su primero lo despachó de tres cuartos en buen sitio: dos orejas.

Al sexto lo pinchó en dos ocasiones y luego cobró una entera muy baja: vuelta al ruedo.

 

Sergio Flores, al tercero le pegó un estoconazo: oreja. Al séptimo le pinchó una vez y luego le metió una buena estocada entera: oreja.

 

Luis David Adame, al cuarto le propinó una excelente estocada a toma y daca: dos orejas. Al octavo se lo quitó de enfrente con dos pinchazos y una entera: silencio.

 

Entrada: unos veintitrés mil espectadores.

 

La segunda corrida para festejar el aniversario número 73 de la plaza México fue un éxito en todos aspectos, ya que hubo toros y toreros, una conjunción difícil de lograr aquí y en China. El recuento final nos indica que se cortaron siete orejas, de las cuales tres fueron premios muy exagerados, pero eso fue lo de menos.

 

Pablo Hermoso nos dio una tarde espléndida toreando a caballo como en sus mejores tiempos. En el primero de la función, de nombre “Alberti”,  un toro con casta, fuelle y nobleza, Pablo estuvo elegante, templado y certero con todo menos con la hoja de peral y el descabello. Las banderillas al quiebro por ambos pitones dejaron bien claro que el caballista nacido en Estella es un fuera de serie.

 

Mejor fue su labor en el cuarto, pues ese toro era codicioso, taimado y tenía mucho peligro. Ahí Pablo Hermoso aguantó en serio, echándole poder al asunto y desengañando al bicho a base de arrimarse y templar, algo que yo nunca había visto hacer a ningún discípulo de Marialva. Hay que apuntar que “Alameda” le hubiera destripado cinco o seis caballos a casi cualquier otro rejoneador.

 

La hoja de peral entró a medio lomo pero fue mortal de necesidad, así que el pueblo bueno y nada sabio hizo que se le concediera una oreja al grandioso rejoneador navarro.

 

En mi opinión, la mejor sorpresa fue la que nos deparaba la actuación de Enrique Ponce, quien toreó muy de verdad a sus dos enemigos.

 

En el segundo de la tarde, un cornúpeta llamado “García Márquez”, que tuvo trapío y se fue para arriba en el último tercio, Ponce quitó por mandiles y media verónica y luego, ya con la muleta, instrumentó una faena que tuvo momentos colosales, como los cambios de mano por delante. No faltaron los muletazos largos y ajustados, rematados hacia adentro, algo que no le habíamos visto hacer en siglos, ni los redondos rodilla en tierra, ni los pases de pecho templados y profundos. Ponce mató con eficacia y corto dos orejas un bastante generosas, pues con un trofeo hubiera sido mas que suficiente.

 

Lo realmente grande vino en el sexto, un toro reparado de la vista que respondía al nombre de “García Lorca”, y que a veces arreaba, a veces no, en algunas ocasiones humillaba con nobleza, en otras procuraba huir, a veces se frenaba y a veces se arrancaba como un tren.

 

El de Los Encinos amusgaba, acción que, según Luis Nieto Manjón, consiste en echar hacia atrás las orejas en ademán de querer embestir, y que indica que el toro se ha fijado en el bulto y está preparado para la acometida. Ponce, que es un lidiador sabio y valiente, aunque ya no tenga muchas ocasiones de demostrarlo debido al ganado que acostumbra enfrentar, se enteró del defecto del toro de inmediato y procedió a solucionarlo de manera fantástica con la muleta.

 

A base de colmillo y entrega, don Enrique se hizo del burel. Las tandas de naturales y derechazos fueron largas, templadas y serias. Y los adornos, como un cambio de manos imperial, pusieron al respetable de pie. Fue prodigioso ver cómo Ponce encontró la distancia exacta y cargó la suerte por momentos para que el toro repitiera.

La gente se desmelenó y no paró de aplaudir una demostración de poder y clase realmente inusitada.

 

Como le ha ocurrido un millón de veces en su larga carrera, Ponce falló con la tizona y se le escabulleron las dos orejas. Finalmente, eso tuvo poca importancia pues la vuelta al ruedo fue de figura del toreo.

 

Por su parte, Sergio Flores también estuvo enorme. Su primer enemigo se llamó “Ortega y Gasset”, y tuvo las complicaciones y el peligro que son inherentes a la casta. Con el capotillo, Sergio quitó por tafalleras, caleserinas y media larga cordobesa.

Luego vinieron dos grandes pares de banderillas a cargo de Gustavo Campos, quien se desmonteró.

 

El torero tlaxcalteca pudo meter al toro a la canasta porque siempre salió adelante después de cada muletazo y no dejó de ganarle el paso y de citar firme y adelante.

Los derechazos fueron un compendio de aguante, temple y decisión.

 

En las manoletinas finales, dándole todas las ventajas al pupilo de Martínez Urquidi, Sergio se aplicó ungüento de toro. Después se perfiló, se tiró en corto y por derecho, y el estoconazo hasta se oyó. La oreja fue cortada a ley.

 

“Wolff”, el séptimo de la tarde, resulto soso y reservón, pero ahí estaba el torero de Apizaco, quien estuvo colosal con la sarga. Arrimándose y cargando la suerte con clase, Sergio hizo que el toro se entregara, repitiera y le diera embestidas completas. Los pases por ambos perfiles fueron asombrosos, al igual que los trincherazos, las dosantinas, los pases por la espalda, un desdén y los de pecho. El pinchazo que precedió a una entera de muy buena factura,  sobrevino porque el toro perdió una mano a la hora del embroque, y todo quedó en el corte de una oreja.

 

La labor de Luis David Adame fue desigual en todo momento, se ve que esta plaza continúa imponiéndole bastante. El cuarto, “Vargas Llosa”, fue un animal rebrincado y de mal estilo, y además desarrolló malas ideas.

 

Luis David anduvo eléctrico y le faltó poder. No obstante, nos regaló una arrucina, derechazos sin solución de continuidad al estilo Manzanares, y algunas dosantinas.

A la hora de las joselillinas finales, el coleta hidrocálido se atravesó un barbaridad y resultó feamente cogido. Gracias a Dios no se llevó un tabaco serio, sino un cornada cerrada en el muslo izquierdo.

 

Maltrecho pero decidido y valiente, Luis David le pegó más joselillinas, y a la hora de la verdad  se volcó sobre el morrillo de manera heroica, lo cual le permito pasear un par de apéndices, de los cuales uno salía sobrando.

 

En el último de la función, que se llamó “Savater”, Luis David no consiguió lucir nunca, pese a que el toro era bastante potable. Quizá la paliza recibida en su toro anterior le impidió pensar las cosas con claridad. Lo más memorable de este capítulo fue el glorioso par de banderillas (el tercero) que corrió a cargo de Fernando García, quien fue ovacionado en el tercio.

 

El aficionado sabe que es muy complicado estar enamorado de algo (en este caso la Fiesta) que casi siempre va a decepcionarlo. Por eso, al salir toreando de la corrida, algunos cabales no sabían si lo acontecido había sido un espejismo maravilloso o una contundente realidad.