13. déc., 2018

Sexta corrida de la temporada de la Plaza de toros México, Par GRC

Miércoles 12 de diciembre del 2018.

 

Sexta corrida de la temporada de la Plaza de toros México.

 

Roca Rey nos despertó de la pesadilla: dos orejas del octavo.

 

Gastón Ramírez Cuevas

 Foto : S. Hidalgo

 

Toros, el primero fue de Xajay, un bicho casi bien presentado que por débil y falto de casta no tuvo un pase; fue pitado en el arrastre.

 

El segundo fue de Santa Bárbara, un animal sin trapío que en algunas plazas serias no hubiera servido ni para un festival. Sin embargo se dejó torear un poco y el público verbenero le aplaudió en el arrastre.

 

El tercero fue de Los Encinos, un toro gordo, manso, peligroso y rajado.

 

El cuarto fue de Villa Carmela, un verdadero adefesio, débil y manso con cierto peligro.

 

El quinto, de Teófilo Gómez, fue devuelto después de ser picado y en medio de fenomenal bronca por su falta de trapío e invalidez.

 

El quinto bis fue de Los Encinos, un toro correcto de estampa pero descastado, débil y peligroso. Le pitaron duro en el arrastre.

 

El de Barralva que hizo sexto fue el único con verdadero trapío de la función. Pero careció de nobleza, tiraba derrotes y era tardo para embestir.

 

El séptimo fue de Campo Hermoso y no sirvió para nada porque tenía aún menos fuerza, nobleza y bravura que sus colegas, además desarrolló sentido. Bronca en el arrastre.

 

El octavo fue de Jaral de Peñas, un toro escurrido pero con cara, alegre, noble y con algo de bravura. Fue aplaudido cuando se lo llevaban los percherones, que no las mulillas.

 

Toreros: Morante de La Puebla, a su primero lo mató de casi media, trasera, desprendida y atravesada, más tres golpes de descabello: bronca leve. Al quinto bis se lo escabechó de un pinchazo y una entera: fuertes pitos.

 

Joselito Adame, al segundo lo pasaportó de entera trasera y atravesada, y tres golpes de verduguillo: al tercio. Acabó con el sexto de buena entera: palmas.

 

Sergio Flores, al tercero lo despachó de dos medias estocadas tendidas y un golpe de corta fallido: el toro dobló por cuenta propia. Silencio tras aviso. Al séptimo se lo quitó de enfrente mediante un pinchazo, un pinchazo hondo y un descabello: silencio tras aviso.

 

Andrés Roca Rey, al cuarto de la tarde le atizó un bajonazo involuntario pues el toro derrotó en el embroque. Después de dos descabellos fue pitado inexplicablemente.

Al que cerró plaza le propinó un estoconazo memorable que hizo rodar al toro sin puntilla en cuestión de instantes: dos orejas.

 

Entrada: veintiséis mil espectadores.

 

 

Le empresa de la Plaza México continúa librando su titánica batalla para no caer en las garras del sentido común taurino. Pocas veces se ha visto una colección más patética de supuestos bovinos de lidia. De no haber sido por el toro de Jaral de Peñas y la grandeza de Andrés Roca Rey, el naufragio de la tan traída y llevada corrida guadalupana hubiera sido sólo comparable al de una flota de titanics.

 

Vamos a ver qué pasó en una corrida que comenzó 25 minutos tarde, merced al Ave María de Franz Schubert (¡atiza!) y de la entrega de casas a los damnificados por el sismo del año anterior, producto de la recaudación de la corrida guadalupana del 2017.

 

A Morante se le quiere y se le espera, sobre todo en dos plazas, en La Maestranza y en La México, pero hoy no se repetiría el milagro de las últimas veces. El primer supuesto enemigo del sevillano fue un toro del que ningún ganadero respetable debe enorgullecerse y sólo le permitió pegar una media verónica. Obviamente, el gentío que confunde las várices con la avaricia pensó que Morante no había querido justificarse y lo abroncó.

 

Le comento, querido lector, que cuando Morante iba por la espada de verdad, un individuo que fumaba un habano con aroma a boñigas de diplodocus, me preguntó: “Perdone, señor, ¿éste es El Juli?”. Le contesté que no, que todavía no.

 

Vino el segundo de la tarde, un animalito que según la pizarra pesaba 508 kilos. La empresa engaña ya como deporte, sabiendo que el aficionado no se dejará engatusar pero tampoco quemará la plaza, y que el villamelón escasamente puede notar la diferencia entre un serrucho y un cocodrilo.

 

Con ese pequeño rumiante, Joselito Adame estuvo más que digno, sobre todo toreando al natural, pero nada de lo que se le haga a un toro tan anovillado tiene gran importancia. Cuando Joselito quitó por chicuelinas, el compañero del puro que olía a fiemo de ñu me interpeló otra vez: “Disculpe que le moleste, ¿este torero sí es El Juli?”.

No, hombre, tenga usted paciencia, ya saldrá un día de estos”, le respondí.

 

El tercero fue un bicho incierto y rajado con el que Sergio Flores se justificó con creces, y pare usted de contar. Quizá lo más lucido en este turno fueron las banderillas de Gustavo Campos, quien saludó merecidamente en el tercio.

 

Cuando arrastraban al de Los Encinos, mi compañero, que estaba sentado en la escalera fumando como chimenea y entorpeciendo la circulación de vendedores de lotería, destilados de cactus, pizzas, y otras mil chucherías, me interrogó con cierta preocupación: “Perdone que le siga molestando amigo, el que acaba de matar al toro era El Juli, ¿o no?” Le dije: “No es molestia, señor, pero temo decepcionarle otra vez, ése era Sergio Flores, el de Tlaxcala”.

 

Salió el cuarto, el primero del lote de Roca Rey, el milagro peruano, a quien lo único que le faltaba en su palmarés era un triunfo en la monumental de Insurgentes. Pero el toro parecía un búfalo de agua y se comportó como tal, embistiendo sin clase y sin casta pero con peligro. A Andrés se le fue la mano a la hora de la verdad y la estocada cayó muy baja, cosa que encrespó a los taurinos por un día, mismos que confunden a los melodramas con los modeloramas.

 

-Oiga (me dijo el vecino del veguero que apestaba a estiércol de yak), ¿al que le están pitando, ahora sí es El Juli?

-Siento desengañarlo con tanta frecuencia, le respondí, pero no.

 

Luego vino el sainete del quinto de la tarde, la musaraña de Teófilo Gómez, una ganadería de manso que hace las delicias de los astros como Ponce y el mismo Morante. Pero aquí sí la gente ya no tragó y obligó a que echaran al patético cuadrúpedo de vuelta al corral, asunto que tardó casi 20 minutos.

 

El quinto bis fue un sofá con cuernitos y el ídolo andaluz cortó por lo sano en cuestión de segundos. El respetable ni siquiera se tomó la molestia de pitarle a Morante con muchas ganas.

 

Poniéndose de pie, el fumador contumaz -ya bastante molesto- me dijo: “¡No me va a decir usted que este patilludo que pone cara de circunstancias no es El Juli!”

Poniéndome también de pie y previendo un rifirrafe, traté de calmarlo: “No se desespere hombre, que Juli ya no tarda en salir”. Apagando con rabia el puro, el hombre me gritó: “¡Pues esto es una soberana tomadura de pelo, señor mío!”, y se dirigió con cajas destempladas al túnel de salida. A mí, a esas alturas del fiasco mayúsculo, me dio envidia el tipo del habano, pues él era libre de marcharse y yo tenía que esperar el milagro, como siempre.

 

El sexto le permitió a Joselito demostrar su entrega (no hay que olvidar que acaba de salir del hospital después de una cornada en el escroto), su poder y su oficio, pero ese tipo de trasteos a un toro complicado de verdad jamás han impresionado al grueso del público.

 

El segundo del lote de Sergio Flores fue el clásico regalito, la clásica prenda. El toro de Campo Hermoso cayó de bruces bajo el primer puyazo, el caballo tropezó con el astado y el picador salió volando hasta darse un tremendo porrazo en la cabeza contra las tablas. Después de ese accidente el toro se dedicó a defenderse a capa y espada en tablas, sembrando el pánico entre los banderilleros y obligando a Sergio a abreviar.

 

Nadie había abandonado el coso cuando, casi a las ocho y media de la noche, salió un toro de Jaral de Peñas que no se parecía en nada a sus predecesores, pues tenía casta y buen estilo.

 

El gallo peruano nos regaló un primer tercio antológico. Firme, elegante y pasándose al toro en la faja, Roca Rey le pegó al de Jaral mandiles y gaoneras, rematados con revolera y brionesa. La ovación fue la primera realmente importante de toda la corrida.

 

El quite por gaoneras aún más impresionantes, recibió la segunda gran ovación. Es menester asentar que Andrés ha adquirido un gran empaque y mucha más clase desde la ultima vez que le vimos en esta plaza.

 

El ídolo peruano inició la faena de muleta de rodillas, con dos cambiados por la espalda colosales y un pase de pecho antológico. Ya de pie, Roca Rey se arrimó, templó, y cargó la suerte en excelentes naturales y derechazos, rematados con más pases de pecho realmente soberbios. Las joselilinas finales hicieron que la gente se desmelenara y se felicitara de haber tenido tanta paciencia.

 

Andrés se perfiló con decisión, se tiró a matar como un león y cobró una estocada asombrosa que hizo rodar al toro como la proverbial pelota. Las dos orejas fueron a parar a la espuerta de Roca Rey, quien salió a hombros en olor de multitudes.

 

Una vez más el pundonor ganadero y la torería de un diestro con mucha hambre, salvaron los muebles cuando todo parecía perdido.

 

Hay una canción de Serge Gainsbourg que afirma que Dios es un fumador de habanos, después de lo que viví con el latoso de al lado, francamente lo dudo.