4. mai, 2017

La Maestranza. Sexto festejo de abono, Par Gaston Ramiez Cuevas

Sábado 29 de abril del 2017

 

Los victorinos: el asombroso poder de la bravura

 

Gastón Ramírez Cuevas

Foto : Antonio Ferrera y José Manuel, el hijo de Manolo Montoliú -  El Mundo

 

Toros: Seis de Victorino Martín, bien presentados y bravos en conjunto, salvo el segundo que fue pitado en el arrastre. El tercero recibió palmas cuando se lo llevaban las mulillas, y el cuarto y quinto fueron fuertemente ovacionados en el arrastre.

 

Toreros: Antonio Ferrera, al que abrió plaza lo mató de pinchazo al julipié y entera baja: al tercio. Al cuarto le pegó una estocada entera trasera y le cortó una oreja tras aviso.

 

Manuel Escribano, al segundo de la función lo despachó de dos metisacas en los blandos, una entera y tres descabellos: silencio.Al quinto le atizó una entera trasera y atravesada que no bastó. Salió al tercio después de liquidar la animal al tercer golpe de verduguillo.

 

Paco Ureña, al tercero le pasaportó de entera desprendida: oreja. Al que cerró plaza se lo quitó de enfrente mediante un pinchazo, un pinchazo hondo en el chaleco, un par de pinchazos más y tres o cuatro descabellos: silencio.

 

Entrada: Casi lleno.

 

Victorino mandó una corrida memorable. El festejo duró tres horas, pero ahí nadie se aburrió. ¿Cómo podría haber sitio para el hastío en una corrida en la que vimos de todo? Vamos a lo ocurrido.

 

Antes de que se abriera la puerta de toriles, el público sevillano sacó al tercio a Escribano. Un justo homenaje a un torero de verdad que estuvo a punto de perder la vida el año pasado por ejecutar la suerte suprema como mandan los cánones y que el año pasado indultó a “Cobradiezmos”.

 

A continuación, Ferrerase las vio con un toro que dio la impresión de ser muy bravo en los dos primeros tercios, pero que se apagó después de las primeras tandas de muletazos. En el tercio de varas vimos un tumbo asombroso y un buen quite del primer espada por verónicas y uno de Escribano por chicuelinas modernas.

Ferrera y Escribano cubrieron con gusto y habilidad el segundo tercio, y ya para entonces habíamos visto más cosas interesantes que en muchas corridas enteras.

El torero extremeño logró algún buen derechazo antes de que el toro claudicara, y terminó toreando a la gente al final de la faena, con lo cual consiguió salir al tercio.

 

En el cuarto, un toro al que la presidenta debía haberle otorgado la vuelta al ruedo, Ferrera bregó bien con el capotillo al toro fiero, un cornúpeta que también hizo morder el polvo espectacularmente a uno de los montados. Luego, Antonio invitó a José Manuel, el hijo de Manolo Montoliú a compartir las banderillas. Ferrera puso un tercer par al quiebro tan exacto, expuesto y vistoso que puso a la gente de pie. 

 

El trasteo muleteril tuvo varios pasajes enteramente distintos. En un principio, pareció que el toro tenía ganada la partida pues el torero nacido en las Baleares parecía incapaz de resolver las complicaciones que plantea un toro encastado en bravo. A Ferrera le estaba costando un mundo aguantar el segundo muletazo y el toro daba la impresión de ir aprendiendo cada vez más. No obstante, cuando todo parecía indicar que era hora de que el coletudo fuera por la espada de matar, Ferrera se percató de que el toro tenía un fondo de fuerza y nobleza y decidió fajarse con él. Ahí vinieron los muletazos que más emocionaron al respetable en todo el festejo. Hubo de todo, pero Ferrera lució especialmente en los naturales de frente y en los pases de pecho. Ese toro embistió con codicia y transmisión en por lo menos cien viajes. Después de una estocada trasera, el toro se tragó la muerte un buen rato, cosa que contribuyó a que el ambiente no se enfriara y a que la petición de oreja fuera unánime.

 

Manuel Escribano se enfrentó en primera instancia al lunar del encierro, un Victorino manso, complicado y que llegó al último tercio regateando las medias embestidas. Quizá lo más lucido de este capítulo de la corrida fue el tercer par de banderillas, en el que Escribano se fue al sesgo por fuera y clavó muy bien.

 

Mejor surte tendría Manolo en el quinto, un bicho con su dosis de bravura  y las complicaciones concomitantes.Después de un tercio de banderillas en el que Escribano puso un cuarto par asomándose y desgranando la ovación pese a haber marrado en el tercero, el de Gerena se dispuso a buscarle las cosquillas al Victorino.

 

A base de no perderle pasos al toro, de hacer las cosas con mucho temple, de citar siempre adelante y con la muleta planchada, y de aguantar en serio para pegar el segundo muletazo de las tandas (elementos fundamentales de la fórmula para lucir con este encaste), Manolo logró los derechazos más largos y suaves de la corrida.

Desgraciadamente, el toro protestó pronto y se paró. Escribano abrochó la faena con toreros doblones rodilla en tierra y un gran pase de la firma. Tristemente, perdió la oreja porque no anduvo fino con la espada corta.

 

Paco Ureña hizo dos faenas harto distintas. En el tercero de la tarde, para empezar, lanceó con clase a la verónica.Con la muleta en la mano no se confió ni entendió al toro en los primeros compases. De pronto, como si de una epifanía se tratase, Ureña descubrió que si se quedaba quieto, dejaba de pegar mil pasos entre pase y pase,  y corría la mano de verdad, el toro lo agradecía. Eso le dio tanto gusto al torero murciano que hasta pegó un par de trincherillas de cartel y profundos pases de pecho. Mató con eficacia y a la primera, y así le fue concedida una oreja.

 

En el segundo de su lote, un astado con grandes cualidades para el triunfo, pues era bravo y transmitía mucho a los tendidos, Ureña se perdió en un océano de dudas, precaución y parsimonia. Por no arrimarse y citar enteramente fuera de cacho, el toro comenzó a verlo y llegó a cogerlo de fea manera pero sin consecuencias. Lo mejor en ese sexto toro fue el quite de Ferrera a dos pasos del caballo. Sus chicuelinas en la mínima distancia fueron fuertemente ovacionadas. 

 

La afición sevillana salió feliz de la plaza. El excelente encierro de los ganaderos de Galapagar bastó para recordarnos que aun contamos con gente muy pundonorosa en el mundillo. Y cuando la terna le planta cara al toro bravo, pueden pasar tres horas y todo el público desearía que el festejo no terminase nunca.