14. nov., 2016

Segunda corrida de la temporada grande de la Monumental plaza de toros México G. Ramirez Cuevas

Domingo 13 de noviembre del 2016

 

Segunda corrida de la temporada grande de la Monumental plaza de toros México

 

La esperada batalla campal quedó en una pobre escaramuza

 

Gastón Ramírez Cuevas

 

Toros: Seis de Xajay, bien presentados y de juego desigual. El primero fue ovacionado en el arrastre; el tercero, el cuarto y el sexto fueron pitados, y el quinto fue abroncado.

 

Toreros: Joselito Adame, a su primero le metió un espadazo vergonzoso -pero no artero- en el pulmón: silencio porque la faena había sido grande. Al tercero le despachó de pinchazo y bajonazo: silencio. Al quinto le asestó una entera en buen sitio pero algo desprendida: leves palmas.

 

Andrés Roca Rey, al primero de su lote le pasaportó de pinchazo y gran estocada en los rubios: al tercio. Al cuarto le mató de tres cuartos (traserilla) y un certero descabello: silencio. Al último del festejo se lo quitó de enfrente con buena entera: pitos.

 

Entrada: quizá unos 22,000 paganos. Mucho mejor que la de la inauguración, pese a los exorbitantes precios.

 

Ya lo dice el viejo refrán: “Hay veces que nada el pato y hay veces que ni agua bebe.” El que abrió plaza fue un toro en toda forma y además bravo y noble. Ahí Adame demostró todo el sitio que ha adquirido a lo largo de tantas campañas en Europa.

Comenzó su labor con muy buenas verónicas y un quite por ajustadas chicuelinas modernas.

 

El toro llegó a la muleta con fuelle y alegría, cosa que el coleta de Aguascalientes aprovechó al máximo después de brindar a su hermano herido, a Luis David Adame, quien hubiera gustoso completado la terna de no acabar de salir del hule.

 

Este torero está más puesto que un calcetín. Aguanta, templa y echa la pata buena adelante con singular alegría. Nos quedamos con sus derechazos en los medios y una docena de naturales reposados y torerísimos. José se precipitó a la hora de la verdad y le propinó al de Xajay un espantoso pulmonazo casi en la paletilla. Fue así como se esfumaron los dos apéndices que tenía en la espuerta.

 

Su segundo fue malo y complicado, que no es lo mismo. Ahí Adame toreó para el aficionado cabal, ganándole la partida al toro en todo momento, pero el grueso del público ni se enteró.

 

Vendría luego el quinto, un cornúpeta largo como un tren pero sin trapío que resultó ser todo un crucigrama. Joselito volvió a intentarlo todo, saliendo adelante después de cada pase y aguantando lo indecible, pero la gente quería un trasteo posmoderno y con ese burel que no repetía y se frenaba, no había manera de gustarse ni de deleitar a las masas. En otros tiempos más cultos y más felices, el torero hubiera sido ovacionado en vez de ignorado.

 

¿Qué le cuento a usted, querido y sufrido lector, de Roca Rey, el milagro peruano?

Pues nada, que en el primero de su lote inició la faena de muleta de rodillas, que sufrió un espantoso achuchón y que volvió a la carga sin verse la ropa para ejecutar grandes derechazos de hinojos, que algunos vitorearon y otros reprobaron. Andresito –que es muy grande- se juega la vida con un desparpajo envidiable y su tremendismo convence. Abrochó el intermitente trasteo al manso que jamás humilló con unas joselillinas de largo que yo no le he visto (en la versión manoletina) más que al más grande de todos, a José Tomás. Pinchó sin pena ni gloria y aunque luego mató a ley la cosa había perdido color y todo quedó en una buena salida al tercio.

 

El cuarto fue muy bravo pero nada fácil. Ahí Roca Rey se lució en el quite por elegantes tafalleras, cosa complicada, y a continuación se desdibujó por no saber someter al bicho.

 

El coleta limeño sorteó en último lugar a un burel bobo, noble y con recorrido. Pero, vaya a saber por qué, ni él ni el pupilo del empresario (el arquitecto Sordo Madaleno) transmitieron algo a los tendidos. Los trapazos iban y venían y el populacho reclamaba el dinero de las entradas. Fue un triste fin de fiesta para uno de los mejores carteles de esta tan enigmática temporada grande.

 

Concluyo citando nuevamente al extraordinario (lato sensu) escritor de Rota, Felipe Benítez Reyes: Hoy hubo “…unos pocos instantes que justifican la desangelada realidad que por lo general acaba siendo una tarde de toros: un espejismo disipado.”